SU CARA IRRADIABA CRUELDAD, UNOS VERDADEROS MONSTRUOS LLAMADOS GUERRILLA.
Por : Nataly
Urrea Gallego.
En Colombia se llenan la boca hablando de derechos, pero derecho a qué,
si no que decir de Yorlady Urrea Gonzales, una niña de tan solo 9 años a la
cual le toco salir huyendo de su casa por culpa del conflicto armado.
Las organizaciones armadas ilegales amenazan a las
familias que se oponen a sus presiones o leyes situación que da pie a decenas
de desplazamientos en los diferentes municipios del departamento. Como les
sucedió a Yorlady, su padre Gustavo Urrea Monsalve y demás integrantes de la
familia que tuvieron que viajar a la ciudad de Medellín un 12 de agosto del
2000 huyendo de las amenazas y la violencia que se vivía en el municipio donde
se instalaron estos dos grupos al margen de la ley.
Esto la llevo a truncar sus sueños y esperanzas de
vivir feliz junto a su familia en un ambiente lleno de tranquilidad y días
esplendorosos con su fresca primavera, rodeada por flores con olor a Jazmín,
ríos caudalosos de aguas cristalinas; donde todas las tardes solía descansar y
soñar a ser grandes junto a sus hermanos, amigos y vecinos, pero en eso quedo,
en un lindo y maravilloso sueño.
Hoy nada de esto existe, en consecuencia se
encuentra sumergida en una ciudad de pocas oportunidades tras convertirse en
una más de las desplazadas del país, ella como otros desplazados han amanecido
con la esperanza de que hoy esa puerta a un mejor futuro si se abra, así mismo
los dineros y las ayudas que promete el Estado, por radio y televisión, lleguen
hasta sus vidas y de alguna manera terminen con su odisea. Esta problemática se
acrecentó desde el comienzo del conflicto armado entre guerrilla y
paramilitares aproximadamente en los años noventas, a partir de este momento es
cuando campesinos e indígenas, han tenido que abandonar sus tierras, ver morir
a sus familiares y amigos a manos de estos jinetes de la muerte, dejar todas sus
pertenencias y huir con lo que tienen puesto a las grandes urbes, en búsquedas
de oportunidades para rehacer sus vidas sin importar los obstáculos que se les
presenten.
Cierto día se encontraba en su hogar, una gran casa
de bareque con un jardín que rodeaba el frente y en las inmediaciones se
encontraba una “ramada”, en la cual se hallaba un trapiche para moler cañas de
azúcar, unos de los predios más grandiosos de la vereda, con unas 50 hectáreas
repartidas para ganadería y cultivos de café, caña de azúcar entre otros; por
ende, todas las madrugabas desde las dos su padre y demás trabajadores,
comenzaban su jornada hasta que cayera el ocaso e incluso algunas veces no
lograban cerrar su ojos por la ardua labor que esta implicaba.
Una de esas largas jornadas de duro y arduo trabajo
se escucho por primera vez aquellos pasos agigantados acercándose hacia sus
tierras, unas sombras oscuras, con trapos en su cara que a duras penas les
permitían respirar, unas sombras engañosas vestidas de militares y armadas hasta
los dientes, quienes con sus voces amenazantes solo pedían un plato de comida;
“Poco a poco estas sombras pasaron a ser parte de nuestra familia”, puesto que estos
jinetes de la muerte continuamente llegaban a comer, a lavar ropa e incluso a
bañarse como lo hace “Pedro por su casa”; a esta edad, Yorlady no conocía la
maldad por lo cual los consideraba soldados del Estado; no entendía porque su
madre le prohibía el trato con estos individuos y porque al llegar ellos la
hacían esconder bajo las camas.
La ciudad de Medellín
y el departamento de Antioquia es donde se encuentra la mayoría de las víctimas
de las Autodefensas, Guerrillas y Bandas criminales o grupos emergentes, por lo
cual la confrontación en el pasado de las guerrillas y autodefensas o llamados
grupos emergentes (bacrim), hacen de la urbes y zonas rurales una línea
crítica; por lo tanto, la ciudad de Medellín hace del país, la capital con más
refugiados del conflicto.
El nueve de agosto entre labores del campo y
quehaceres del hogar aquellas sombras oscuras por fin mostraron su rostro, en
su cara irradiaban crueldad, unos verdaderos monstros llamados guerrilla, los
cuales instalaron dos cargas explosivas en la torre de energía, la cual quedaba
a unos 100 metros de su casa, con tres kilos de pentonita en cada carga, se
escuchó un terrible y estrepitoso estruendo, las cargas habían sido detonadas;
en medio del shock y el aturdimiento causado por la explosión, ella salió
corriendo junto a su padre a esconderse a ese fétido horganal, bañado por el
estiércol de los marranos y el pantano de las lluvias; amedrentados, desde allí
observaban como las torres se desvanecían lentamente junto a sus esperanzas,
apagando luces, luces de anhelo quizá difíciles de volver a encender en medio
de esa lucha incansable por obtener el poder, viendo correr a esos monstruos con
sus rostros llenos de felicidad por el golpe dado. Ni ella, ni su familia
sienten que sean culpables de nada, pero sin querer estaban inmersos en medio
de las balas, en medio de esa disputa territorial por la posesión de tierras,
por parte de los grupos armados al margen de la ley, que a su paso deja
victimas, que por lo general son poblaciones de origen campesino.
Sin embargo se tienen que
considerar una serie de factores que agravan la situación y se le asocia a los
actores armados: la economía ilícita entre la que sobresalen los cultivos
ilegales, transformación y comercialización de coca entre otra; la compra de
tierras por parte de narcotraficantes; la explotación del oro y su uso en el
lavado de activos provenientes del narcotráfico; la extracción de excedentes de
la economía ganadera, agroindustrial y del petróleo a través de la extorciones
y secuestros.
El miedo de estar inmerso en una guerra ajena no
fue suficiente para detenerlos, pero fue ese 12 de agosto, cuando los paramilitares
y sus fusiles definitivamente amedrentaron su mundo y tranquilidad, a eso de
las 5 de la tarde tocaron a su puerta, al abrir se dieron cuenta que eran esos
temibles jinetes de la muerte, quienes sin más ni-menos con el pretexto de ser
ayudantes de la guerrilla les dieron tres horas para despojar el lugar; de no ser así, serian aniquilados “del miedo
salimos corriendo con lo que teníamos puesto. Bajamos al pueblo caminando en dos
horas, no sé cómo hicimos, pero del susto uno solo piensa en llegar y pues la
vereda del pueblo queda a tres horas”, Asevero
Yorlady.
El conflicto armado en
Colombia se disputa en medio de la población civil. Los jóvenes y adolescentes
son frecuentemente blanco de la violencia. Muchos son testigos de la muerte de
padres, amigos y allegados entre otras cosas (lesión física, psicológicas o
discapacidad), los cuales se ven obligados a alejarse de sus familias y a
participar activamente en la guerra. Los jóvenes varían sus estados de reacción
a estas exposiciones de violencia; los eventos traumáticos lo pueden marcar más
que una perdida amorosa. Algunos sufren preocupaciones y malos recuerdos que se
disipan con el tiempo. Los eventos que deben vivir diariamente los adolescentes
son severamente negativos y juegan un papel significante en el incremento del
riesgo de trastornos psiquiátricos en niños-jóvenes.
Además, no solo los grupos
ilegales aportan con la violación de los Derechos Humanos, los muchos años de
corrupción política y militar contribuye a que el poder adquirido por estos
grupos sea mayor que el de un Estado.
Quince años han pasado y Yorlady, sigue esperando algún día volver a esas tierras
donde parte de su infancia vivió con sus amigos y hermanos entre juegos y
alegrías hasta ese factible 12 de agosto, pero eso será imposible “Mi padre
desesperado por la desunión familiar y la falta de ingresos; prácticamente regalo
el terreno”. A Gustavo antes del
desplazamiento, un señor de la vereda le ofrecía 90 millones de pesos por la
finca, y en medio de ese desespero la vendió en 15 millones.